Lenguaje inclusivo

La función del lenguaje, independientemente del ámbito en el que nos encontremos  es siempre la misma: comunicar de forma que el mensaje llegue a las personas receptoras en las condiciones más óptimas para su  entendimiento.

Pero el lenguaje también articula nuestro pensamiento, pensamos con las palabras, y dependiendo de qué palabras y cómo las usemos, así será nuestra interpretación del mundo y de las experiencias que tenemos en él. Refleja las actitudes de quien habla, el grado de reflexión hacia su propia forma de expresarse y hacia las relaciones entre mujeres y hombres.

Por ello, cuando hablamos de lenguaje inclusivo, estamos teniendo en cuenta que el lenguaje ha venido reflejando una distribución social y cultural que ha situado a las mujeres en un lugar de pasividad, de minoría de edad, de menor capacidad, de ocultamiento, en definitiva, de discriminación. Y ello se ha construido respecto a lo que históricamente se ha considerado céntrico y superior y por tanto “neutro” es decir, los hombres, lo masculino.

El lenguaje inclusivo no consiste en estar constantemente desdoblando las palabras: el/la ellos/ellas, queridos/queridas, y así hasta un eternum aburrido, farragoso y molesto. Hay infinitas formas y técnicas para utilizar el lenguaje de forma ágil y que toda persona se sienta incluida.

 

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